¿Esperar a los hijos o que los hijos esperen?

Es verdad que los tiempos cambian pero ¿qué pasa en estos días? Bueno, pasan muchas y muy diversas cosas. Por ejemplo:

  • Cada vez es más avanzada la edad de los jóvenes que se casan.
  • Los electrodomésticos son “imprescindibles” (“¿lavar a mano? ¡qué horror! ¿cómo se hace?”)
  • No se puede subir a la terraza a colgar la ropa porque se vuela o la roban: es indispensable un secarropas.
  • No se puede estar haciendo compras todo el tiempo: sin freezer no se puede…y sin proveedora…y ni hablar del microondas.
  • Los dos trabajan o estudian.
  • El fin de semana es para sociales, salir y divertirse.
  • Los hijos vienen después de algún tiempo.

 

Es verdad, como dijimos anteriormente, que los tiempos cambian, que las máquinas ayudan en las tareas de la casa. Es verdad que cada vez se hace más necesario que la mujer salga de su casa a trabajar.

Es verdad que si los dos trabajan toda la semana, el fin de semana hay que descansar, estar con amigos y divertirse.

Y los hijos ¿por qué deben esperar?

Se escuchan muchas respuestas:

 

  • La pareja tiene que tener tiempo para conocerse bien y afianzar la relación.
  • Todavía no tenemos medios suficientes para darle a nuestro hijo todo lo que necesita.
  • Tengo que trabajar, no confío en una niñera y se me iría todo el sueldo.
  • Los hijos atan mucho, preferimos gozar la vida solos un tiempo, después veremos.

 

Respuestas que se resumen en una sola cosa: ignorancia sobre qué es el matrimonio y cuáles son sus fines. Y es la naturaleza quien enseña que el amor conyugal está ordenado a la procreación. Suponemos que es un amor grande, con objetivos altos, no sólo pasarla bien juntos. Y el objetivo más alto de dos voluntades enamoradas es la encarnación de su amor en una nueva vida. Por eso, postergar esa “decisión” habla de ideales pobres, de amor empequeñecido porque ¿qué puede ser más importante que un hijo?

 

El tiempo que necesita la pareja para conocerse está en el noviazgo: “si dos personas jóvenes se enamoran pero no quieren empezar una familia, lo más lógico sería que no intentasen el matrimonio”, aconseja Comarc Burke en su libro “Felicidad y entrega en el matrimonio” y porque “el amor ilusionado y fácil que les acompaña en aquellos primeros años les ayudará a enfrentarse más pronta y alegremente con los sacrificios que los hijos exigen.”

Muchas parejas dicen: “somos jóvenes para atarnos”.

 

“La acción de sembrar o plantar un jardín podría resultar aburrida si no se espera el fruto”, escribió sabiamente Fulton Sheen. Y es lo que puede llegar a pasar cuando sólo se tiene como objetivo el disfrutar la vida solos”. Si seguimos con la metáfora del jardín, podemos decir que lo que no florece es insulso y lo insulso termina por no gustar a pesar de que vivimos en la era Diet.

 

Cuando los esposos deciden esperar para tener hijos, comienzan a mirarse demasiado uno al otro,  descubrirse defectos y esa maravillosa convivencia a la que aspiraban puede convertirse en hastío y muchas veces en un infierno insoportable. El hijo es la materialización de su amor. Es mirar dos en un mismo sentido, es como poder tocar su amor con caricias a su pequeño y las noches sin dormir, las conversaciones sobre las papillas y mamaderas, los “ajó” y las miradas embobadas al bebé más lindo del mundo no dan tiempo para egoísmos ni reproches.

 

Y cuando el hijo demora o no viene –ajeno a la voluntad de los cónyuges- se contempla una ilusión, un deseo que puede convertirse en algún momento en realidad. Y ese deseo también une-y lo que no une, separa- o encadena y se puede correr el riesgo ¡oh paradoja de los que no querían atarse! De esclavizarse al otro o a otras cosas, como dejarse absorber por el trabajo que luego será otra atadura para postergar el hijo y así se irá construyendo eslabón tras eslabón esa cadena que solo podrá cortar la generosidad.

 

“Los que se sienten tentados de ceder a presiones sociales o al sencillo deseo de una vida más fácil, antes que hacer caso a sus instintos de paternidad -dice Burke-, harían bien en preguntarse si realmente creen que la planificación familiar moderna tiende a crear matrimonios más felices o si el plan de la Naturaleza no será más preciso y más capaz de crear los apoyos necesarios para una vida matrimonial y un amor fuerte y duradero”.

 

Liliana Borzani.

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