Vivir en la verdad (todo un desafío)

Siempre fue un trabajo vivir en la verdad pero antes era más fácil, estaba la palabra como autoridad: “te doy mi palabra” te decían y con eso bastaba.

El manual de instrucción lo heredamos; los abuelos se lo pasaban a los hijos y éstos a sus nietos porque esa palabra dada se traducía en hechos, en acción. Se sabía qué hacer, había normas y conductas detrás de ella. Se obraba con suma seguridad, con la tranquilidad de quien sabe que está en la verdad y no se equivoca. ¿Qué quiero decir con esto, que antes era mejor? No, no era mejor ya que más de una vez la desdicha se ocultaba detrás de una sonrisa prefabricada.

Era más fácil, podía ser triste o dramático pero era más fácil, no traicionábamos tanto el refrán “del dicho al hecho hay mucho trecho” ¿qué ha pasado? Ya no somos hombres de una sola pieza.

¿Ya no nos jugamos por la verdad? Sí, hombres de una sola pieza los hay y los habrá siempre. Lo que sucede es que al rebelarnos contra el autoritarismo pasado, nos hemos quedado sin libreto, sin manual de instrucción implícito. Entonces, tenemos toda la libertad del mundo para elegir. Ya nadie te impone nada, porque hemos creído subjetivismos varios: “así pienso yo”, “yo opino que”… pero así, la verdad en medio de tanto ego se diluye, se aguachenta.

Hemos saciado el vaso de la verdad que heredamos y lo hemos llenado de pre-juicios, mecanismos de defensa que sólo sirven para ser cómplices de nuestra modorra y elegir así lo que más nos conviene.

La libertad, querido lector, se la gana y se la pierde 24 hs. al día, si se la juega. Como el amor, hay que aprenderlo en cada ocasión. O somos libres o somos esclavos de nosotros mismos, de nuestras rutinas de amar, pensar, sentir, gustar, disfrutar.

La libre expresión, claro que sí, pero la expresión de ser libres.

¿Quién se atreve a revisar sus prejuicios en todas las esferas que la vida nos ofrece: físicas y espirituales, ideológicas y religiosas, deportivas y estéticas?

Prejuicio no es solamente pensar mal de los otros, de los nazis, de los judíos, de los blancos, de los negros. Es todo juicio no reflexionado y no vuelto a pensar. Nadie discute por ideas, por juicios. Los juicios que se refieren a la verdad son demostrables. Los prejuicios no son demostrables. Por lo tanto, discutimos por prejuicios, por las opiniones de las que estamos confeccionados.

Pensar es tomar conciencia de nuestros prejuicios, no para liberarnos de ellos sino para conocerlos, para dominarlos y en el mejor o peor de los casos para elegirlos, sabiendo siempre que no son juicios, que no se refieren a la verdad. Por lo tanto, sólo me sirven a mí y solamente a mí y no debo pretender que los otros lo compartan.

Además debo tener en cuenta que sobre todas las cosas, que cada uno tiene su propio camino, en vida, en pensamiento. Destinos diferentes por así decirlo. Pero el problema mayor está en las mismas cosas que “expresamos”.

Usted dice Dios y yo digo Dios, aparentemente decimos lo mismo, concordamos. Sin embargo, para cada uno tiene un significado distinto ¿no son las mismas palabras cuando decimos libertad, amor, democracia, patria? Son las mismas palabras pero no son las mismas cosas. No es que llegamos a conclusiones diferentes, es que partimos de juicios opuestos disfrazados por la uniformidad del lenguaje.

Antes, la palabra tenía un sentido más universal para todos, más homogéneo, hoy no. La modernidad implantó el pluralismo. Cada uno puede pensar como quiere.

Ahora bien, Uds. me podrán preguntar: “¿Ud. que sabe? O ¿qué es la verdad?” la verdad es nada menos y nada más que la realidad (lo que es).

Pero el problema no radica en saber qué es la verdad, el problema radica en que nosotros, cada uno, se hace una representación de la realidad y por eso no coincidimos.

Sin embargo, la verdad, lo real, está ahí; en lo ordinario, en lo inmediato y cotidiano, en la rutina.

Es necesario destapar no la realidad -que siempre está desnuda- sino los sentidos, quitarnos de encima telas de araña de rutinas y prejuicios que impiden disfrutar la realidad para que entonces se revele lo extraordinario que está en lo ordinario, está en el orden pero el desorden de la mente impide captarlo.

 

Liliana Borzani.



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