La mujer, signo de esperanza

Es evidente que en este tercer milenio la mujer marca uno de los denominados “signos de nuestro tiempo”. Es preciso dar una real interpretación a este signo de la época, para que el respeto anhelado por la mujer sea auténtico. Es un signo, ¿de qué? y ¿de qué tipo?, ¿positivo o negativo?, ¿bueno o malo?

“No es bueno que el hombre esté solo” (Gen. 2:18) Estas palabras que leemos en el génesis son claves para nuestra respuesta por referirse al momento de la aparición en el mundo  de la primera mujer paras sanear su soledad: “voy a hacerle ayuda idónea”. Dice a continuación el texto bíblico: “démosle una compañera”.

Si el estar solo se presenta como un “mal” la presencia de la mujer que lo remedia es una realidad positiva. Pero si ella pierde esa sustancialidad propia, por convertirse en medio útil para la comercialización de un producto, la venta de placeres, de ideas o de lo que se quiere…termina por transformarse en el simple signo de un objeto, el que al consumidor se ofrece. Es entonces un “puro signo” y nada más.

Esto es evidentemente “malo” en el sentido de que al convertirse en mero signo, en desmedro de su subjetividad, de su propia identidad; es ella misma a su vez, objeto de consumo.

Y al ser hecha consumible, se la consume aún antes de consumir el producto que ella ofrece.

En este sentido el signo es negativo porque la mujer hecha consumible tiende a ser devorada. Y esto es lo malo: que si ella dejara de existir como mujer ¿quién podrá remediar la soledad del hombre?

¿Qué significa ser mujer?

Es un misterio, eso asombra, atrae, conmueve, encanta, como al primer Adán.

Adán reconoce en Eva a un ser semejante a sí mismo, esto es lo que tiene fuerza de atracción sobre él. En la mujer encuentra algo que él tiene pero que no posee del mismo modo; encuentra en ella humanidad. Lo que de la mujer atrae a Adán, evidentemente, es el espíritu. Ella es “humana” de una forma determinada.

Dios mismo parece haberse detenido al modelar al hombre con sus manos: lo modela con arcilla de la tierra; a la mujer de la carne de Adán, de su costado. La materia originaria de la que se extrae a Eva es otra distinta a la de Adán. Ya éste poseía espíritu “y de la costilla que del hombre tomara, formó Dios a la mujer y se la presentó al hombre” (Gen. 2:18-22)

Salta a la vista que la mujer es un “don de Dios para el hombre”. Podría decirse que es Dios quien se da en ella al hombre, haciéndola dadora de sus misterios.

Lo primero que da Dios de sí al hombre, se llama “mujer”. Puede decirse que este regalo humano es un don divino. En ella le da la posibilidad de relación, porque no es bueno para el hombre estar solo.

Esa relación al otro se traduce en diálogo, en amistad, en amor. Por lo tanto, la mujer es dadora ¿de qué? de humanidad, que es lo que necesita el hombre descubrir.

La mujer es dada al hombre para que éste descubra su propia humanidad y para no dejarlo solo.

La mujer es fuerza espiritual, al que está dada sin duda en feminidad. Es esa capacidad de comunicación interior que atrae y sublima, la que se manifiesta en dos formas esenciales: la alianza esponsal y la maternidad.

La situación de la mujer sola, la de una “Eva sin Adán”, si pudiéramos imaginarla, es casi peor que la del primer hombre; sería la dispersión pura, una riqueza que nunca se trasciende.

Por otro lado el dolor de la mujer que aqueja al mundo es carencia de madre. Ellos y ellas se están quedando solos. Nada caracteriza de forma más trágica y profunda la situación del mundo actual como la ausencia de todo sentido maternal.

La mujer, en el misterio de su entrega como esposa y como madre, es como se muestra signo de la alianza de Dios con los hombres y de los hombres entre sí: entonces es signo de esperanza.

Nuestra sociedad individualista que brega en estos momentos por lo que podríamos llamar un “feminismo de soledad” -el que proclama el derecho a la diferencia- padece por esto mismo una suerte de nostalgia de mujer.

Reducir su carácter esponsal y maternal a lo biológico sería empequeñecerla.

Toda ella comunica una dimensión espiritual profundísima: su capacidad intuitiva y su sensibilidad para conocer y manifestar la profundidad de su amor, su pudor, su sencillez…hasta su parte exterior, su dulzura, su encanto y su ternura hace de ella que el hombre no pueda vivir solo.

Pero su tarea no se confunde con su fin, ella no es para el hombre, sino para Dios, como criatura espiritual que es.

Entonces la mujer configurada “por referencia al hombre” para hacerlo más humano es llevada a cabo por la fuerza de la feminidad y no porque está subordinada al hombre. Ambos, varón y mujer, son hechos a imagen y semejanza de Dios.

 

 

Liliana Borzani



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