¿Para qué estudiar?

 

Si me preguntan los chicos “dígame: ¿para qué estudiar? ¿no la pasan mejor los ignorantes que los sabios? Viven inconscientemente y están siempre contentos...”

Les diría: es cierto, el ignorante vive el momento transitorio y cuanto menos conciencia tiene de su propia identidad, tal vez mejor la pase. Pero la persona culta, la que tiene vida interior, el que estudia, el que piensa, el que lee, el que siente, el que hace preguntas, no existe meramente: vive.

No es una hoja al viento. No es una brizna del tiempo. Es alguien.

La sociedad nos impulsa a ser nadie: “no pienses”, te dicen. “Cumplí con lo que nosotros te ordenamos”... La mejor marca de zapatillas, el celular más chiquito, el auto último modelo, la cerveza, el “bailá toda la noche y dormí todo el día” porque de esa manera estarás anulado y podremos seguir vendiendo cerveza, aparatos, otros alcoholes e incluso droga. Si llegás lejos en tu hastío, bien lejos.

Alumno nunca se deja de ser; siempre se está aprendiendo.

El Talmud dice: “Sabio no es el que sabe, sino el que está en constante proceso de aprendizaje”. De manera que en la primavera festejamos a los estudiantes oficiales, los que van a la escuela, a la Universidad y a todo ser humano que dispone de un alma abierta al asombro; porque aprender es eso, no es repetir, ni nombrar, ni citar libros, ni hacerse el culto. Aprender, lo dice el verbo, es aprehender lo que la vida te ofrece en gente, acontecimientos, momentos...y como hacen las abejas, extraer el polen de todas las flores y confeccionar tu propia miel, tu alimento.

Después, como docente, cuando veía a los aluimnos que copiaban en pleno examen, me hacía la zonza y cuando terminaba la hora, me daban la hoja y yo le escribía: “copió”.

El alumno protestó: “Si vio que copiaba, ¿por qué no me quitó la hoja antes?”

“Porque así mientras copiabas, ibas aprendiendo algo”, repliqué sonriendo. Por supuesto, me quiso matar.

La vida pasa, el tiempo nos hace crecer y se van atesorando recuerdos. Uno mira hacia atrás y agradece a todos aquellos seres que nos obligaban a estudiar, a aprender, a expandirnos en espacios y tiempos que van más allá de este lugar y este momento, en fin, a eneriquecernos.

Es que crecer es beber de la fuente de la sabiduría humana, para luego poder producir la propia sabiduría. Pero si estás vacío, si no se albergan en vos conocimientos, poesías, mitos, aventuras de otros seres, de otros tiempos, de otros países, crecerás pobre, muy pobre. No crecerás.

Maestros eran los de antes y alumnos son los de hoy. En principio el niño, el joven, no quieren ser alumnos. Estudiar es un trabajo, un esfuerzo. El alma estalla en deseos de vida, de calle, de sol, de viento y a uno los fuerzan a encerarse entre paredes, libros, y por más computadoras, videos y televisores que se les ponga por delante, es estudiante bien sabe que todo lo que ese señor, llámese maestro o profesor, quiere es arrebatarle el presente -llenarlo de pasado, que son los conocimientos- para mejor lanzarlo al futuro.

Por eso coinciden tan mal maestros y estudiantes. Funcionan en direcciones opuestas.

La escuela, la cultura, el saber, requieren el sacrificio de una parte de tu tiempo, joven; de tu presente apremiante, de tus terribles ganas de bailar, charlar, cantar y pasarla bien.

Yo misma recuerdo a mis maestras y recuerdo a mis alumnos. El día del estudiante me trae al recuerdo las nostalgias de rabonas, de miedos, de amigos, de exámenes donde la práctica del copiado era de obligación irreversible.

El día del estudiante es el día del maestro y el día de los padres del estudiante que van detrás de él, rogando que traiga una nota pasable a casa.

Muchos chicos dicen: “Pero lo importante no es la nota, sino lo que uno sabe” y muchos padres responden: “claro que sí, que la nota no es lo más importante, pero nosotros somos así y solamente las cosas no importantes nos hacen felices. Hacélo por nosotros, no por vos y traete un siete o, si no es mucho pedir, un ocho.

A menudo me digo “nada de lo mío es mío”. Todo es ajeno. Los genes,  la tradición que me viene de mis padres, la educación que me viene de la calle, de la escuela, y finalmente las imágenes que me vienen de los maestros que desfilaron por mi alma y fueron dejando huellas.

Agradezco a todos mis alumnos (que son muchos) porque de ellos es de quienes más se aprende: a copiar, a zafar, a hacerse el que sabe, a practicar, en fin, el teatro de la vida.

Pero además de eso, que va en broma, se aprende a vivir, a convivir, a entender al prójimo y buscar sus vocaciones.

Así, la vida se torna infinitamente rica.

 

Prof. Liliana Borzani



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