Comprensión en el matrimonio

En más de una ocasión sorprende ver matrimonios con cuarenta años de vida en común que, todavía, no han aprendido el principio básico de que “un hombre es un hombre y una mujer es una mujer”. Esta verdad es el origen de una multitud de disgustos que surgen de la convivencia matrimonial, intentan en vano, identificarse en lugar de complementarse, sin caer en la cuenta de que son sencillamente diversos, distintos y que están llamados sumar sus capacidades, apuntar sus limitaciones y armonizar sus esfuerzos.

 

En las aguas del bósforo.

Una historia antigua resulta particularmente expresiva. Dos amantes vivían separados por las aguas del bósforo. Cada noche, después de una dura jornada de trabajo, el hombre se sumergía en aquellas aguas para alcanzar la otra orilla en busca de su amada. Cuando la mujer ponía los pies en la playa, ella siempre le decía lo mismo: -¿cariño mío, me quieres? – la pregunta se confundía con el rumor de las olas y se clavaba en su pecho, removiendo lo más desolados sentimientos. Aquí estaba la raíz de la tragedia. El esfuerzo de un día de trabajo, las frías aguas del estrecho, la larga travesía a nado, significaban muy poco a los ojos de la amada. Lo verdaderamente importante eran esas tres palabras: ¡sí, te quiero!

Así es la mujer, necesita que todos los días su marido le extienda un certificado en que acredite su cariño. Así es el hombre; sus sentimientos tienen menor vibración y aún mucho menor expresividad.

El hombre y la mujer, dos seres iguales en dignidad, son como la cara y la cruz de una única moneda que es la raza humana.

Por otra parte, en la naturaleza ni los metales más preciosos se dan en estado puro. No existe por tanto el arquetipo de hombre y mujer. Gracias a la riqueza de matices que cada persona en singular encierra, pueden configurarse los valores de unos y otros.

Algo así nos dice Ana Sastre al hablar de la mujer: “lo esencial de la mujer se siente más que se ve. Se podría decir que todo en la mujer está más encarnado que en el hombre. Ella cose con hilo, mientas el hombre muchas veces lo hace con aguja afilada de acero, pero enhebrada con fantasía”.

Es una observación fácil: sólo hay que contemplar la escena de un hombre hablando sobre las injusticias contenidas en la reforma de la ley habitaria, mientras es interrumpido por la mujer que pregunta: ¿Cuánto subirá la contribución?

El hombre será capaz de entregarse a una idea más brillante, pero la que es capaz de sacrificarse por los seres que la rodean, será la mujer.

El afecto de la mujer se universaliza en contacto con el ideal del marido, y también el amor del hombre gana en delicadeza concreta en contacto con la ternura femenina.

Todo ello nos llevará a aceptar al otro como es, y no como nos gustaría que hubiese sido. El hombre funciona por sacudidas, la mujer constancia. El hombre hace una cosa detrás de la otra, y la mujer cinco cosas a la vez, con el riesgo de darle tanta importancia a los detalles, que pierde lo esencial.

Para la mujer todo es urgente y muy pocas cosas son importantes. Nadie como ella es capaz de resolver los acontecimientos importantes.

La mujer es eminentemente intuitiva, ve las cosas y las personas desde el interior. Piensa con el corazón y eso la lleva a comprender a los demás, sabiendo captar los sentimientos y deseos. Pregunta antes quien se ha caído, qué se ha hecho; la herida del golpe de su hijo le duele a ella.

El hombre se siente atraído por conocer por donde va el mundo. La mujer quizá no lee todos los días el diario, pero hace la historia.

El hombre difícilmente modifica una decisión después de tomarla. Se fija más bien en las tareas que en las personas. El hombre es agresivo, arrollador, tajante; intenta vencer sin convencer.

Cuando busca algo traza la línea recta como la más corta entre dos puntos. No sabe triangular. La mujer es más refinada, más acogedora y, en definitiva, más hábil. Conoce sus fuerzas, calcula sus oportunidades. El hombre trata de vencer y la mujer trata de agradar.

El hombre alcanzando un éxito profesional se asegura, se llena de fuerza y le desborda la satisfacción. Lo da todo por lograr una meta, por el tiempo sobre una dificultad. A la mujer le hace feliz que la satisfacción que su trabajo produce en los demás.

La mujer necesita hablar de lo que ha hecho, el hombre no.

El hombre ante el dolor es capaz de sufrir cuando un ideal le hace mantenerse en vigilancia, la mujer acepta con facilidad el sufrimiento. Está acostumbrada a soportarlo. No necesita una finalidad. Su compañía a la cabecera de un enfermo es una prueba, no precisa compensaciones.

La familia la rehacen las mujeres. Cuando la mujer pierde el centro, la sociedad va a la deriva. Salvar a la mujer, he aquí el gran empeño para salvar a la familia, salvar a la sociedad y, en definitiva, salvar al hombre. La familia, es sobradamente sabido, la deshacen los hombres, y la rehacen las mujeres.

La rehacen las mujeres, he aquí una tarea urgente. Es preciso que la mujer conquiste y reconquiste su lugar. Dice Antonio Vázquez: “podemos hacer todo sin ti, menos una cosa: vivir. Porque tú eres anterior a todo lo que puede hacer, tú eres armonía y equilibrio. Te necesitamos porque los hombres sólo sabemos dar amor o recibirlo, no enseñarlo. Necesitamos que nos enseñes a pensar con la cabeza y con el corazón porque estamos saturados de ciencia y escasos de sabiduría.

A nosotros los hombres el dolor nos sorprende, nos aturde. Ustedes lo tienen siempre presente y el dolor es siempre soportable, porque es un dolor no preocupado. Necesitamos tu sentido práctico, tu amor por lo concreto.

Los hombres hacemos malabares con las ideas, pero sólo los genios, los tontos saben descubrir la sencilla naturalidad de las cosas. Necesitamos, mujer, tu tenacidad para no dar ningún lance por perdido”.

 

Liliana Borzani 




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