Entrevista a Ignacio Sánchez

Ignacio Sánchez, “el Gallego”, es un vecino de nuestra localidad que desde 1950 ha estado al frente de su propia fábrica de furgones, por lo que en el marco de las entrevistas que hemos venido realizando a las diferentes industrias no podíamos dejar pasar la suya, en la cual a pesar sus 80 años sigue trabajando actualmente. Dada la interesante y extensa experiencia con que cuenta Ignacio, aprovechamos la ocasión para que nos refiriera, no sólo lo concerniente a su negocio sino más bien a su vida.

 

Ignacio, nos gustaría saber en primer lugar su nombre completo ya que, como muchos sabemos, siempre le dijeron “gallego” o “nene”...

Sí, bueno, lo de “gallego” es un poco obvio ¿no? Pero siempre me dijeron “nene”, desde chico porque era el menor de cinco hermanos. En fin, mi nombre completo es Ignacio Sánchez y aún hoy a pesar de que tengo ya ochenta años, algunos me siguen diciendo “nene”.

 

¿Usted vivió siempre en Soldini?

Sí, siempre. Yo nací acá. Vivía ahí casi pegado a la comuna, donde está la casa de Vita ahora.

Bueno, sigo... me saqué la ropa de militar, me puse la otra y fui con Manolo Fraile al bar que era de Victorio Fabani. Estábamos tomando un vermouth contra el ventanal y justo golpean el vidrio: era la chica de Fraile acompañada por la que ahora es mi señora, iban a la farmacia Cumba a comprar. Ahí nomás le pregunto a Manolo ¿quiénes son? Y él me dice: -“mi hermana y una prima de Alvear; a la vuelta te la presento...”-.

A la vuelta pasaron, salimos, me la presentó y yo la  acompañé hasta la casa (donde vive Manolo Fraile ahora). La cosa es que mientras tanto me entero que ella había venido al baile, así que quedamos de acuerdo para ir juntos esa noche. Al otro día ella tenía que viajar a Alvear, así que  yo la esperé en el bar de Fabani y la acompañé hasta el colectivo. Ahí empezamos...

Un día me dice Ana (su hermana) “te voy a hacer gancho, veníte un día al campo y le pedís la mano a mi viejo”. Yo tenía una chata ruby en ese momento... agarré la chata y fui, con un miedo ¡imagináte! Y desde ese día empezamos a salir juntos hasta que pasado un tiempo, nos casamos.

 

Háblenos un poco del negocio, ¿cómo se inició?

Me inicié por mi cuenta en el año 1950. Yo ya trabajaba en herrería con mi padre: hacíamos carruajes, sulkys, chatas, jardineras...

 

Usted aprendió el oficio con su padre, porque era un negocio familiar el suyo ¿no es así?

Sí, yo aprendí el oficio con mi padre, pero tengo los diplomas, de mi padre, los míos, todo.

Tenía 23 años cuando me hice cargo del negocio. Estuve 57 años al día de hoy, haciendo furgones.

Nosotros  trabajábamos para Parodi, La Bodega, pero haciendo cosas de herrería. La empresa tenía una quinta pasando Acebal, “La Rosarina” se llamaba; la habían comprado ellos y eran todos viñedos. Todas las noches traían 7 rejas de arado para afilar y se llevaban 7 afiladas. Pero ¿qué pasa entonces? Francisco “Pancho” Parodi (el dueño) le compra a don Domingo Trípoli un galpón de chapa y tenía un auto Ruby adentro. Un buen día me dice a mí: “Nene, ¿por qué no te quedás con el Ruby en parte de pago por lo que te debo?” y así fue...en ese tiempo valía unos $400. Le corté atrás del asiento y lo hice chata, con carrocería y todo; con eso después iba a buscar los materiales.

Cuando yo vivía todavía con mi papá, viene un día Alcides Luciani a proponerme: “¿por qué no te comprás ahí donde compré yo?” Le pregunté cuanto pedía...en este momento no me acuerdo la cifra exacta pero no me alcanzaba lo que tenía.

En aquella época, estaba el “Bayo” Capponi acá (el padre de Eduardo “Titi” Capponi) y me dice: “¿cuánto te falta nene? Bueno, comprá nomás que yo te pago la diferencia.”

Así las cosas me entusiasmé y lo compré. Esto era de Alcides y Ángel Luciani.

Poco tiempo después tuve la suerte de empezar a trabajar para La Virginia. Me encargaban, por teléfono, tres furgones por mes. Llegué a hacerles ciento cuatro furgones. Con eso pude levantarme y además devolverle en seguida el préstamo al “Bayo”. Lo primero que hice cuando empezó a entrar algo de plata, gracias a este trabajo, fue hacer el galpón ese largo; 12 x 30 creo que tiene...

Ahí todavía vivía con mi papá, pero igual no vine a vivir en seguida después de comprar acá. Cuando más o menos empezaron a andar las cosas bien, lo llamé a Campetella para que me hiciera un presupuesto para hacer la casa. Acá había un ranchito nomás, así que hice todo nuevo. Cuando estuvo todo terminado, me mudé

¿Es cierto que en ese mismo lugar funcionó una estación de servicio?

Si, un día aparecen de la Esso con la propuesta, como vieron todo el local así  hermoso, la playa, etc. porque de Campetella yo contraté la casa y la playa.

 

Ahí todavía no estaba el galpón ¿no?

¿El parabólico? No, era todo playa acá...vino la ESSO y me hizo una propuesta para poner la estación de servicio. Tal es así que los tanques todavía están bajo tierra; tanques de 40.000 litros.

Hablé con ellos y puse la estación de servicio con lavado y engrase. Trabajamos varios años en eso, pero cuando mis hijas se casaron, tuve que dejar: o seguía con los furgones o con la estación de servicio... y opté por los furgones.

 

¿Más o menos, de qué año estamos hablando?

Exactamente no me acuerdo pero creo que empecé en 1968 más o menos y estoy bastante seguro que dejamos de trabajar con la ESSO en el '80.

 

Nos contaron que usted fue quien inició el tradicional arroz que hoy en día se come en casi todas las cenas, cumpleaños o fiestas que se celebran en los clubes locales…

Así es, pero ya hace un año y medio casi dos que dejé. Igual tengo guardado todo el equipo.

Yo iba por todos lados, empezando por Álvarez, Acebal, Carmen del Sauce, Domínguez, Coronel Arnold, Fuentes, Villa Mugueta, Bigand, San Andrés de Giles, Luján.

Te voy a contar como empecé: A mí, cuando era pibe me gustaba encargar para los cumpleaños baterías de cocina; después mataba los gorriones pichones y los hacía al estofado.

Había una señora que era viuda y se llamaba Doña Maria Pietrani, y yo era muy amigo del hijo. La mujer esta como vio que yo era aficionado cuando se casó Ricardo Varesi me pidió que la ayude a cocinar porque ella se tenía que encargar de la comida que era en el Bochín de Pérez. Se metió a bailar y no sabía...Claro, no era lo mismo hacer comida para cinco o seis de la familia que para doscientos.

Bueno Doña Maria yo voy, le digo ¿y qué hago? “Y... vos me ayudás a preparar las cosas, como pelar cebollas y eso” me respondió.

En aquel entonces todo esto era de tierra, tuvimos que ir en una jardinera. Había llovido mucho y el agua llegaba a la mitad de la rueda. El problema fue que los padrinos iban en un auto y los novios en otro. Cuando vio llegara  los padrinos Doña María puso el arroz, pero lo que no sabía ella era que a los novios se les había quedado el auto en un badén.

Esta mujer al ver llegar a los padrinos no esperó y echó el arroz nomás. El arroz se le empezó a quedar sin caldo, y ella cometió el error de echarle agua fría. Ni hace falta ya decir que se “pasmó” todo. Cuando lo sirvieron...los mozos venían con la fuente de arroz de nuevo porque no lo comía nadie. La cuchara se quedaba clavada en la fuente porque estaba por demás seco ¡un papelón! Para colmo estaba medio Soldini ahí.

El Domingo cuando voy al club, me cargaban los muchachos; “che gallego, ¡que papelón pasaron anoche!” ¿Yo papelón? No, el papelón lo pasó Doña María.

-Sí,  yo escuché comentarios, mi mamá fue a la fiesta- decía uno.

-Mi hermana fue a la fiesta, todos dicen que el arroz no se podía comer- decía otro.

Entonces agarro y les digo medio en broma:: “miren para hacer el arroz como lo hace Doña María, lo hago también yo…”

“¿Te animás? -me dicen- ¿te animás a hacerlo para nosotros?” Éramos más o menos ocho esa vez.

-Mirá vamos hacer una cosa: ustedes traigan los ingredientes- les dije- y yo voy a buscar las ollas (mi señora me prestó algunas). Y lo hice nomás. La verdad que salió bárbaro; claro acostumbrados como estaban a comer el otro, cuando probaron mi arroz quedaron encantados.

Ahí empezó todo…después que un cumpleaños, que un bautismo, un casamiento… en Soldini, de cada cinco familias a cuatro les cociné yo alguna vez.

Después me empezaron a llamar de afuera, pero aclaro que yo no cobraba nada; nada de nada. No cobraba un centavo para cocinar, todo gratis. Era una locura que tenía. Sólo llevaba un ayudante, que era de Venar, y en ese tiempo le daba unos veinte pesos. Por eso siempre me regalaban cosas.

 

Cuando inauguraron el Banco, hicieron la fiesta en la cancha de Alumni. Había mil cincuenta personas, me acuerdo bien. Había cuatrocientos pollos ¡una cosa de locos!  El alambrado de la cancha estaba de punta a punta, llena de parrillas. Y yo ollas no tenía para tanta gente, tenía algunas de fundición como para hacer el tuco y las demás se las alquilamos a los militares, ¿Por qué? te explico: yo acostumbro poner una olla para el tuco y otra con agua hirviendo, una olla para el tuco y otra con agua hirviendo y así sucesivamente; pero no todas juntas, con un intervalo de diez minutos de una a la otra. Había catorce ollas. Claro, lo que pasa es que si pongo todo junto los mozos no dan abasto y se me pasa todo el arroz.

Así que tenía dos ollas de tuco y dos de agua, la más grande la usaba para “atorar” a la gente, entonces le iba dando un par de cucharadas a cada uno y con eso los iba conformando.

Practicamos una semana entera con los mozos y todo. Pero valió la pena poque salió todo muy bien…

Yo ya estaba acostumbrado, con quinientas personas me hacía un “pic-nic”, porque era cosa de todos los días: quinientas, seiscientas, setecientas; además cuando estaba cocinando por ahí venían y me decían ¿hay lugar para diez más? Y yo les respondía “y sí, hombre, pongo un paquete más de arroz y listo.”

 

¿Tiene alguna anécdota personal suya como para concluir?

Si, ¡tengo muchas! Pero vamos con una, a ver... Nosotros teníamos una barra de muchachos que íbamos a “jetear” a los casamientos, pero decentemente, nada de hacer destrozos. Íbamos allá, esperábamos la hora del baile y, si podíamos,  nos metíamos adentro.

Antes se usaba una carpa para este tipo de fiestas; los vecinos se ayudaban uno con otro, se prestaban lona y hacían la carpa a dos aguas. En esta que te cuento habían hecho con una chata, en la parte de atrás, como una plataforma para los músicos. Estaba: el “Chiquito” Borzani con el acordeón, el “Flaco” Batigelli con la batería y el “Teto” Tovo con el bandoneón. Esa era la orquesta de pueblo para todos los eventos.

Resulta que era el casamiento de Pepe Cingolani, había terminado la ceremonia y empezaba el baile. Estaban tocando el “vals de los novios” y nosotros nos metimos adentro, éramos siete u  ocho. Cuando nos vieron nos sacaron de raje. Yo Le digo a la barra “¡esto lo van a pagar!”. Nos fuimos por atrás y cuando empezaron a tocar otra vez agarramos la lanza de la chata y la corrimos dejando a la fiesta sin músicos…

 

 

Ezequiel Ilieff



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