Historia de un inmigrante sardo

 

En el año 1957 un joven de tan sólo16 años abandona su Cerdeña natal (Italia) para arribar luego a suelos argentinos. Impulsado por sus padres a emprender tan largo viaje, luego de la Segunda Guerra Mundial, Pascual Borrotzu llega a nuestro país con la idea de trabajar la tierra en nuestros campos.

 

Poco tiempo después de llegar a nuestro país y al cabo de unos meses de estar instalado en Soldini, Pascual descubre que la agricultura no era actividad para él. Sumado esto a la profunda añoranza que sentía por haber abandonado su país de origen, decide buscar otros rumbos. Arma su equipaje y emprende viaje a lo desconocido. El destino hizo que se radicara durante dos años en la ciudad de San Nicolás (provincia de Buenos Aires), lugar donde a través de distintos contactos consigue trabajar para la siderúrgica SOMISA, más precisamente en el sector de soldaduras. Aprendió  muy bien el oficio e hizo nuevas amistades. Ellos fueron quienes, a su vez, fueron los que lo impulsaron a llevar a cabo a otros emprendimientos en distintos puntos de nuestra vecina provincia. Tal es así que llegó a trabajar para una importante empresa de gas en el sur de Buenos Aires.

Después de varios años de duro trabajo y una vida bastante alejada de sus afectos más queridos le ofrecen la posibilidad de viajar a Pakistán, también por cuestiones de trabajo. La propuesta era demasiado interesante para dejarla pasar y por ende decide tomar la decisión de regresar a Soldini para poner en orden sus papeles  y despedirse de los suyos; pero con tal mala suerte que la mordedura de un perro hizo que las autoridades no le permitieran viajar a fin de que cumpliera con el tratamiento antirrábico por el lapso de seis meses, y no pudiendo negarse porque la pena por rehusarse al tratamiento era la cárcel, tuvo que dejar pasar esta gran oportunidad.

Desde entonces su vida transcurre en nuestro pueblo, lugar donde logró tener su taller, su casa, su familia y por supuesto las ansias de volver a lo suyo que son los fierros. Si bien no fue fácil, previo a hacer lo que hoy hace, Pascual debió afrontar otros trabajos como por ejemplo repartir vino (cosa que hizo durante 14 años), y tener su negocio propio de ferretería. Un buen día comiendo con unos amigos que se dedicaban a la construcción, uno de ellos le sugirió hacer baldes de albañilería ya que no había muchas fábricas en la zona.

Entusiasmado con dicha propuesta Pascual puso manos a la obra y… ¿quién mejor que él para contarlo?

 

 ¿Cómo se inició este microemprendimiento?

El inicio emprendimiento de la construcción de baldes fue conseguir de  la fábrica “SIRSA” un cabezal, una contrapunta y unos rieles para poder armar un torno casero para repujar. Para eso conseguí la ayuda del señor “Titi” Mezzabotta, a quien le estoy muy agradecido, ya que por dos largos años, mi tienda parecía una venta de chatarra de tanta chapa amontonada que yo rompía tratando construir el balde. Con el tiempo no todo fue negativo… aproveché la oportunidad que me ofrecieron de comprar dos tornos para repujar en forma manual y eso me permitió una producción más regular, logrando así sacar un balde cada cinco minutos.

Pero igualmente estaba muy lejos de la competencia porque ellos fabricaban los baldes con tornos automatizados. Entonces, un día hablando con mi amigo Darío Genga (a quien también le agradezco su colaboración para que mi “kiosco” funcione), me recomienda ver a dos personas conocidas de él que me podían ayudar a reformar los tornos; no dudé en consultarlos y después de tanto renegar, soldar fierros, romper cosas y modificarlas, a través de mucho sacrificio y tiempo logramos reformar los dos tornos. Estas modificaciones me permiten hoy en día hacer en menos de un minuto tanto el balde como el canasto. Así pude expandirme a un mercado mucho más amplio y obtener un mejor precio ante la competencia. Por eso quiero hacer un agradecimiento muy especial al señor Luis Herrera ya que el mérito de haber logrado esa rapidez en la producción se la debo a él: ¡muchas gracias Luis!

 

¿Qué otras cosas fabrica además del balde?

Bueno, a partir de los años ’90, cuando comencé a tener mayor producción de baldes y canastos empecé a viajar y fue tal la demanda, que los clientes pedían agregar otros productos. Entonces, con la ayuda de mi hijo David,  comenzamos a fabricar carretillas, andamios tubulares, caballetes telescópicos, rastrillos, escaleras metálicas, escuadras, andamios tipo pintor y maceteros artísticos… entre tantos productos no quiero olvidarme de recordar y agradecer la ayuda del señor Aurelio Luciani por haber hecho la matricera que nos permite producir cantidad y calidad con poco personal.

 

Pascual, la iniciativa de esta nota surge a raíz de una donación que usted hizo al Espacio de Integración para  Niños y Jóvenes con Necesidades Educativas Especiales (E.I.S.) de nuestro pueblo, cuéntenos en qué consiste la donación y cuál fue el motivo que lo llevó a realizarla.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial en el año ’46 inicié la escuela primaria. Al quedar todo destruido, el gran negocio del momento era la chatarra. Muchos chicos morían y otros quedaban inválidos al explotar las granadas en sus manos buscando deshechos. La pobreza había llegado a tal punto que a veces hasta comíamos los yuyos salvajes de la cuneta a la salida de la escuela o compartíamos un helado entre muchos. El que tenía 200 gramos de azúcar era un millonario y ni hablar de aquél que tenía un poco de harina para hacer pan. Estos recuerdos fueron los que me motivaron a la donación de los productos fabricados aquí.  Hacía muchos años que me había prometido hacer esto y estoy muy satisfecho por haberlo logrado.

“A veces no es suficiente decir que somos buenos, sino demostrarlo todos los días hasta el término de nuestras vidas”.



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