¡Libertad!

El grito cundía como el fuego aquel 25 de mayo de 1810, inflamando los corazones de los patriotas revolucionarios. Muchos fueron los que arriesgaron todo (y más aún) en aras de esta prerrogativa.
Libertad… ¿realmente sabemos qué significa? Creo que sólo podemos atisbar apenas su significado porque lo vemos reflejado en nuestra realidad cotidiana; podemos movernos libremente de un lado a otro, reunirnos, tener libertad de expresión, y muchas otras pequeñas cosas que nos enseñan a amar este privilegio. Aunque todos coincidiremos en que esto está mediatizado e, incluso, relativizado. Depende, claro, de muchos factores que no siempre nos es posible modificar o controlar. Tenemos libertad, pero esto es relativo... libertad, libertinaje, libre albedrío; son muchos conceptos que la sociedad en general no ha concluido de asimilar y, por ello, se tiene una idea bastante distorsionada de lo que es una y otra cosa.
 “Mi libertad (y mis derechos) acaban donde empiezan los del otro”, suele decirse o “el techo de un hombre es el piso de otro”; es común escuchar este tipo de reflexiones, en un café, en una charla de amigos, en un debate, pero lo excepcional es verlo aplicado en la vida –cosa que debiera ser al revés- finalmente, poner nuestras palabras por obra nos resulta extrañamente complicado. Y así es como terminamos invadiendo la propiedad del otro, su material intelectual, su ideología o, incluso, hasta su persona física. Todas estas actitudes coartan el ideal de libertad al que aspiramos (o al que deberíamos aspirar).
Aún cuando hay leyes que nos protegen civilmente de las formas más burdas que atentan contra este derecho, hay algunas mucho más sutiles que no son contempladas en estas normas. Por ello es menester que cada hombre haga valer sus derechos y, sobre todo, respete el de los demás para que el mecanismo funcione adecuadamente. No puedo pretender que se respete mi derecho a la libertad cuando no tengo ni la más mínima contemplación con el mismo derecho perteneciente a mi prójimo. Es una regla simple, aunque parece que su simpleza no ayuda a su cumplimiento.
También es casi “normal” hoy día encontrarse con la interpolación de los conceptos de libertad y libertinaje, sobre todo en el estrato más joven de la sociedad, aunque debo aclarar (tal vez innecesariamente) que no se limita sólo a éste. El libertinaje es una tergiversación del concepto puro de “libertad” es llevar mis derechos más allá del límite implícitamente establecido, es decir, lisa y llanamente un exceso.
Distinta es la cuestión del libre albedrío, ya que éste nos permite decidirnos por lo que consideremos como la mejor opción, según nuestro criterio. Esto no siempre resultará en nuestro beneficio por lo que debemos tener un cierto grado de responsabilidad al ejercerlo o acabará tornándose un enemigo en vez de un aliado.
Demasiado es lo que puede expresarse en cuanto a este concepto tan vasto, y no es físicamente posible en este espacio, por lo que nos contentaremos con haber esbozado tan sólo una parte, y haber arrojado un mínimo de luz sobre el objeto que aquí nos ocupa.
Será tarea de cada uno el descubrir si se está siendo responsable con tan substancial privilegio o si se está haciendo abuso del mismo. De nosotros dependerá lo que hagamos con él.

 



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