El vaso medio lleno…

Todos hemos oído hablar alguna vez de está metáfora sobre el optimismo y el pesimismo, pero para aquellos que no lo recuerdan, la cuestión es más o menos así: el optimista ve el vaso medio lleno, mientras que el pesimista ve el mismo vaso medio vacío. 

La pregunta o, mejor dicho, las preguntas de rigor serían las siguientes: ¿de qué lado estamos? ¿Qué nos llevan a pensar las distintas circunstancias de la vida? ¿Cómo vemos nuestro “vaso”?

El optimista ve en las dificultades una oportunidad, mientras el pesimista ve en la oportunidad sólo  dificultades. Muchas veces no nos detenemos a considerar estas cosas porque parecen triviales a simple vista. No lo son en absoluto y, por el contrario, su importancia es vital.

Nuestra visión personal y particular del mundo -en líneas generales- incide directamente sobre nuestras decisiones, y son estas elecciones personales e intransferibles las que dirigen el rumbo de nuestra vida.

Todas las esferas de nuestra existencia están interrelacionadas -o imbricadas, para ser más exactos- y no podemos separarlas completamente unas de otras. Son como eslabones de una cadena formando un todo indivisible, en el cual cada movimiento involucra y alcanza a todas y cada una de las partes. Por eso, debemos cuidar las posturas que adoptamos y las decisiones que tomamos, posiblemente más de lo que habitualmente creemos y aceptamos.

Dicen que el hombre sólo valora lo que tiene cuando lo pierde y en nuestro caso, como pueblo, esto es literalmente así. Muchas veces hemos oído e incluso participado en quejas,  murmuraciones o en refunfuñar por todo lo que sucede a nuestro alrededor sólo por el hecho de “necesitar expresarnos”, sin medir las consecuencias negativas que esta actitud conlleva.

Necesitamos fijar más la atención en nuestras fortalezas y no en las debilidades, mirar más nuestros recursos en vez de las carencias. En una palabra, debemos aprender a ser agradecidos por lo que tenemos y aprender a valorar las cosas pequeñas de las que podemos disfrutar cada día.

A veces no nos damos cuenta de que envidiamos erróneamente, a la gente, a los vecinos, o incluso a otros pueblos por motivos que rara vez tienen un fundamento sólido. Debemos concentrarnos en lo propio para así poder fortalecerlo, fomentarlo, cuidarlo... Es  esta actitud la que nos permitirá crecer como personas y contribuir eficazmente al progreso del ámbito que nos rodea; dicho en otras palabras, juntar en vez de desparramar.

¿Tanto nos cuesta creer que se puede cambiar? Y, sin embargo, se puede. Un simple giro en nuestra manera de pensar, en nuestras actitudes o en nuestros puntos de vista puede hacer maravillas. Sí, cuesta a veces, pero hay que empezar... y empezar por casa. Sobre este punto me atrevo a asegurar que no hay nada que perder y que realmente sí vale la pena intentarlo.

Einstein decía que no podemos hacer siempre lo mismo esperando obtener resultados diferentes. Es ésta una verdad que tal vez -ahora y así enunciada- parezca una obviedad pero seamos sinceros: probablemente nunca se nos hubiera ocurrido por nosotros mismos verlo de esta manera. Y como ésta, ¿cuántas cosas más hay que, estando allí delante nuestro, no vemos? Declaremos entonces un nuevo tiempo, en el que nos dediquemos a reforzar positivamente todo lo bueno, lo que nos hace bien, lo que nos llena, nos eleva o satisface, poniendo nuestro empeño en aprender definitivamente a ver el vaso medio lleno y a responder sabiamente cuando nos encontremos frente a preguntas como éstas.

 

Ezequiel R. Ilieff



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