Cuento “El Plan” de Guillermo López Dabat,

Cuento “El Plan” de Guillermo López Dabat, acreedor del 3er. Puesto del concurso de Cuento y Poesía “José Pedroni”.

 

“El Plan”

 

Quizá mejor hubiera sido seguir con mi modesto plan, pero en ciertas ocasiones necesito un poco de abismo. Había sido el primero en ascender, quería ponerme cómodo para leer un rato antes de que el ómnibus arrancara, el libro tenía la marca por la mitad y al menos una mitad mía atrapada entre sus páginas, me acomodé en mi asiento, tercera fila, pasillo y cuando iba a empezar mi ritual, ella subió y se sentó en el asiento de adelante, del lado de la ventanilla. La miré entre los respaldos, mantengo el hábito de registrar las personas que se me cruzan en la vida, en especial las mujeres, y me resultó conocida, si bien no estaba muy seguro, porque después de haber vivido largo tiempo y mirado mucha gente, todas me resultan conocidas; pero aunque descarté ubicarla de otro lugar, aún así me parecía recordarla vagamente. De repente giró para atender el teléfono celular que estaba en su cartera en el asiento frente al mío y noté que lloraba con esas feas muecas del llanto, como una máscara de teatro afligida, atendió y dijo que sí que estaba mal, muy mal, balbuceó un saludo y cortó.

Empecé a leer pero su máscara me distraía, se entremezclaba con el texto y me dejé ir entonces en el arrullo de la especulación, tratando de adivinar cuál podría ser la causa de ese llanto: un amor contrariado, producto de una traición o la muerte de alguien querido, y hasta un examen médico condenatorio. Me incliné a favor del desengaño amoroso, la visión tanguera de la vida me pudo, no en vano estábamos aún en Retiro, y le eché la culpa a un él, del mismo modo podría haberle cargado la culpa a una ella, pero mi imaginación aunque siempre frondosa resultaba esta vez conservadora.  Reparé que tiempo atrás  yo también habría llorado así por eso, con un llanto breve pero profundo, más aún no estando el destinatario del llanto presente, para qué más. Y mientras me decía para qué y además no lo hagas, no lo hagas, no lo hagas, me presenté pidiéndole si podía retirar su cartera; ya no tenía esa máscara trágica, la reemplazaba una más parecida al perpetuo silencio. Debió pensar que yo era el ocupante legal de ese asiento y se apresuró a sacarla apoyándola sobre sus rodillas, guardando el celular y unos lentes de sol; sin duda no había registrado antes mi presencia al buscar su asiento.

Le dije como quien vende alfajores en el ómnibus, en ese tono estudiado e impersonal; Te vi llorar y te veo sufrir y yo soy alguien que ha sufrido mucho y ahora soy otro alguien que puede ya no sufrir; digo que puedo no sufrir, porque aún conservo ese antiguo hábito, y por pereza de ánimo, lo sigo haciendo pero casi como si le sucediera a otro. Iba enredándome en mi discurso y trastabillando; Tengo dolores, sí, pero transitorios, porque no los mantengo vivos rumiando sobre ellos y profetizándolos hacia mi destino.  Mientras ella me miraba, como se debe mirar a alguien que se nos acerca con semejante discurso, yo confiaba al menos en que el estupor la hiciera distraerse algo de su dolor; Y como tenemos unas cuatro horas de viaje si querés podes contarme qué te pasa; no hace falta que nos digamos nuestro nombres ni que quedemos luego en contacto, es para este momento único, sabré escuchar y hasta puedo no decir nada más. No obstante seguí hablando; No voy a venderte nada, carezco de toda creencia. Excepto en la certeza del ridículo, el que estaba haciendo realmente bien, pensé sólo para mí; porque me sentía como un mal actor con su papel peor estudiado y poca o nula capacidad de improvisar algo verosímil, sin embargo en verdad aún hoy no recuerdo otra situación en que haya sido tan auténtico. Y como estaba hablando con un tono demasiado literario, indicación evidente de haber pasado la feliz ocasión para callar, eso hice, justo cuando el chofer empezó las maniobras para partir.

Ella, asomada apenas detrás de su tristeza, sonrió muy leve, muy pero muy leve. Alcancé a notar esa sonrisa tan leve sólo porque la sensación de vértigo me vuelve muy sensible. Y quizá más para salvarme a mí que a ella, únicamente las mujeres pueden hacer esto, me contó.-



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