“El Camino de Marcos” (2da. Parte)

Estimados lectores: creí conveniente hacer este breve comentario antes de dar lugar al segundo capítulo de “El camino de Marcos”. Este diario, que informa y comenta sucesos de nuestra localidad, creo -a mi modo de ver- es además un nexo, una forma más de unirnos, de hacernos ver cuán importante es ser parte de nuestro pueblo, un socio más de este club de vecinos, amigos, y conocidos que en más de una oportunidad nos brinda una mano, sólo por ser de Soldini. A cuento de esto viene la historia de Marcos, una historia para chicos en la que los más grandes puedan encontrar mensajes escondidos, vecinos del pueblo o recuerdos de la infancia. Un texto para compartir al final del día, ese día en que no estamos tan cansados y decidimos leer algo para nuestros hijos o para que ellos mismos lean, si son más grandes. Un nexo más, un granito de arena que desde este espacio busca amalgamar las cosas más importantes de la vida, la comunidad, los amigos, la familia.

 

 



Había decidido caminar más despacio al entrar al pueblo, tal vez por esa frase que repite Papá cada vez que un auto nos pasa a gran velocidad, con ese ruido filoso que rompe el aire como una ola y hamaca nuestro auto: “hay que disfrutar el camino” dice y mira a Mamá que asiente con la cabeza y le sonríe. Sólo por eso, por ese gusto de disfrutar del paisaje y así poder admirar aquel pueblo, tan pintoresco y, a la vez, tan solitario. No había nadie en la calle, raro a esa hora, a las cinco de la tarde, a eso de las dos o las tres podría ser, hora de la siesta, pero ¿a las cinco? Todas las casas eran iguales, blancas, con techo verde, con tapial bajito y jardín. Me recordaron a ese barrio en el que vive la tía Adela, barrio metalúrgico creo, a ella parada en el jardín, despidiéndose apoyada en su bastón, tan buena ella, que nos deja trepar al nogal, y comer nueces.

Un perro me salió al encuentro, era blanco y negro, movía su larga cola peluda, y sacudía la cabeza “Se ve que es bueno, y él también dormía la siesta” me dije. Detrás de él, como brotando del jardín sale un chico, con el buzo azul a medio poner, con una manga si, y la otra luchando con el brazo. Era morocho, flaquito, de pelo lacio, y corte con flequillo.  

-Vamos apuráte, que llegamos tarde

Corrí detrás de él no sabiendo bien por qué, no era mi amigo, sería por qué él me trataba como si lo fuera, como si nos conociéramos de antes. Corrimos como tres cuadras y llegamos a un amplio descampado.

-Mirá llegamos justo dijo

Cientos de barriletes dispersos en un cielo tan azul, tan perfecto, que parecía pintado, sin una nube, limpio. Los había de todas formas y colores, hexagonales, romboidales, rojos, amarillos, de varios colores, como arlequines. Volaban muy alto, el pecho inflado por una brisa intensa y constante, que acá abajo era cálida, y a la vez fresca en la piel.

-¿Siempre es así acá? – pregunté a mi amigo-

-Sí, casi siempre, pero hoy es un día especial, termina el verano, y entonces… pero ya vas a ver, ya casi es hora

Se notaba que era así como él decía, estaba todo el pueblo en aquel descampado, familias dispersas en pequeños picnic, comiendo sentados en el pasto.

-Me llamo Pablo

-Yo Marcos          

-Vení Marcos, allá está mi mamá y mi hermana, vamos

Nos sentamos junto a su mamá y su hermana. Ya instalados Pablo me señaló a su papá que estaba a unos metros, remontando un enorme barrilete rojo con su hermano más chico.

Comimos torta de limón, tomamos chocolatada. Al rato, cuando habíamos terminado de comer, me dijo: ya casi es hora, vení, vamos a treparnos a aquel árbol así vemos mejor. Nos trepamos a un árbol alto y robusto, con unas ramas extrañas, nudosas, como brazos, pero bien dispuestas, como ubicadas para trepar por ellas.

Entonces cada padre le dio a su hijo una tijera, y los chicos cortaron los hilos de los barriletes. En ese momento pensé muchas cosas, que chocarían unos con otros, que a algunos se los llevaría el viento y quedarían colgados en los árboles, o que simplemente al perder sus tiros caerían de pique al suelo. Nada de eso pasó. Los barriletes parecían cobrar vida, parecían pájaros, revoloteando a gusto, planeando caprichosamente el cielo, disfrutando el viento, haciendo travesuras con la brisa. Pablo me explicó que ellos los liberaban cuando terminaba el verano, para que otros chicos pudiesen disfrutarlos con la llegada de la primavera, y que otros chicos los liberaban para que ellos regresaran, siempre, a mediados de septiembre.  

Luego se fueron, como una gran bandada, rumbo al oeste, como siguiendo a un sol que caía ya, detrás del horizonte.

 

 

Gustavo Cavagna           

joomla templatesfree joomla templatestemplate joomla

2017  Soldiniweb.com.ar