[Cuento] El camino de Marcos

Soy Marcos, tengo nueve años y poseo un camino, mi camino, mi propio camino. A ver si me explico… digamos que estoy en cualquier lugar que te puedas imaginar, me refiero a lugares comunes, sitios en los que vos o yo estamos habitualmente: en la placita, en el patio de la abuela, en casa. Entonces me pasa que parado allí, donde no pasa nada, respiro profundo y escucho el sonido de los pájaros. Si estoy en el patio de la abuela, siento la brisa, el calor del sol y así, sin cerrar los ojos, aparece ese camino extraño que se abre con el primer paso.

Ocurre con ese paso y el próximo, y se va empezando a dibujar debajo de mis pies, se van pintando los colores, va abriéndose paso a la profundidad de la vista, y se llena de detalles que son árboles, piedras, pasto, o una hormiga junto a las zapatillas. Más arriba, cuando te toca este otro sol la cara, veo otro cielo y otro sol, más cercano y más vivo.

A mi papá también le pasó. Cuando le conté del camino él me lo confesó, y también me contó que un día, ya más grande, no pudo ir más. “Me pasó cuando empecé la secundaria”, me dijo. “Es así la vida Marcos”, continuó. “Te va sacando algunas cosas, pero te da otras; como vos y tu hermana por ejemplo. Luego tenés un trabajo o dos y te corre el tiempo, como dice tu mamá, que también trabaja. Así y todo la vida es difícil pero linda Marcos, ¿entendés?”, dijo papá.

Pero volvamos a lo del camino. Sé que van a decir: “¿qué es eso de la imaginación y esas cosas?” y que “ya es repetido”, como dice mi abuelo cuando ve la vida en los noticieros de televisión, pero a mí no me importa. A mí solo me interesa contarte qué pasa cuando avanzo por mi camino, qué me pasa al llegar a cada pueblo, a cada ciudad; narrarte este secreto tan mío, como le conté a Pablo que es mi mejor amigo y se ríe con mis historias o se queda callado un rato y piensa, y luego me pregunta cosas.

Ahora estoy sentado frente a la compu, son las diez de la mañana, y mientras escribo pienso que tal vez sería apropiado no dividir esta historia por capítulos, pues ya dijimos que es un camino y los caminos no son de cortarse así, menos aún este que, si lo deseas, no termina nunca. Entonces voy a contarte así, sin capítulos, desde ese primer día en que di el primer paso y se abrió aquel camino, que era de tierra…

Estaba de pronto en una llanura extensa y a los lados del camino, que parecería ser más un sendero si no fuera por las marcas de ruedas de carros justito a los lados, cuando la tierra limpia se hacía pasto. Caminaba despreocupado, como si allá el tiempo fuese otro y no hubiera horarios de entrada ni timbres de recreo. A lo lejos se divisaba una mancha negra en el horizonte, a los lados de dos eucaliptos gigantes, parados como custodios del sendero, como esos dos soldados que vi la vez que fuimos con mi familia a la Casa de Gobierno. Entonces me di cuenta de que algo pasaba con mis pasos. Fue cuando tropecé con una piedra y me di cuenta que podrían ser tan largos como yo deseara, tanto como para no caer al piso en ese caso, por ejemplo. Miré los eucaliptos que estaban más o menos como a tres cuadras, y pensé que con un paso por cuadra sería suficiente para llegar a ellos y así fue. Era como si tuviese las piernas largas, tan largas como un gigante; o como si tuviese zancos, sí, es mejor ese ejemplo. Tres pasos me fueron suficientes para estar parado junto a los eucaliptos, y cinco para llegar a un molino. No era muy grande, bueno, según se lo mire, porque para ser sincero nunca había visto un molino y sólo sabía de ellos por mi abuelo, que me contó cómo eran y que servían para sacar agua debajo de la tierra, que tenían aspas como un ventilador y que por dentro de la estructura de hierro corría la varilla que movía esas aspas, llevando el agua que estaba bajo la tierra hasta una canilla. Abrí la canilla y salió agua limpia, fresca, sin gusto a cloro como acá en la ciudad. Me refresqué la cara como hace el abuelo, o papá, que también tiene algunas cosas del abuelo, como eso de hacer ruido cuando se lavan la cara. Luego me senté sobre el tronco de un árbol caído que estaba junto al molino, miré el cielo que era azul, o celeste, como el color de la bandera y miré el sol, que no era como el de la bandera. Era un sol raro, redondo, de líneas definidas y lo que me extrañó fue que al mirarlo fijo no hacía mal a los ojos como el otro.

Calculé diez pasos para llegar al pueblo, que ya no era una mancha y tenía algunas formas, como la torre de una iglesia por ejemplo.

Era un pueblo chico, de casas bajas, todas blancas y con techos verdes a dos aguas. Tenían además una ventanita a un lado y un caminito que hacía una viborita hasta la puerta de entrada. No había nadie, ni siquiera perros y eso que siempre suele haber en los pueblos; sólo el viento corría solitario por las calles, bailando con las hojas y haciéndolas girar a su ritmo. Al final de la calle, como a cuatro cuadras -a dos pasos supuse yo- y muy por sobre la altura de las casas, de la torre de la iglesia y de los molinos, había cientos de barriletes, de distintas formas y colores que se movían en el cielo.

 

Bueno, hasta aquí llegamos por ahora en esta que es sólo la primera historia o, mejor dicho, el primer paso.

 

Gustavo Cavagna.



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